Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos,es lo que las fachadas ocultan, es mi enemigo, si lo tengo, es la persona a quien le desagradan mis versos(a mí me desagradan también), es la modesta librería en que acaso entramos y que hemos olvidado, es esa racha de milonga silbada que no reconocemos y que nos toca, es lo que se ha perdido y lo que será, es lo ulterior, lo ajeno, lo lateral, el barrio que no es tuyo ni mío, lo que ignoramos y queremos.

J.L. Borges. Buenos aires

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Nadie que crea y ame
llorará ante una tumba.
Novalis




Novalis (Friedrich Leopold von Handerberg) fue una de las más representativas figuras dentro del romanticismo alemán. Nacido en 1772 en Sajonia – actualmente Alemania – dentro de una familia noble marcada por muertes prematuras a causa de la tuberculosis que posteriormente a él también le consumiría la vida tempranamente a los 28 años.
Hijo del Barón Heinrich Ulrich Erasmus von Hardenberg y de Auguste Bernhardine Blziga, Novalis creció en un seno familiar de religiosidad pietista, la que influiría en su obra, pues, daba gran relevancia a la experiencia religiosa personal.

En 1790 decidió estudiar filosofía en la universidad de Jena donde conocería al profesor Friedrich von Schiller. Era el nacimiento del romanticismo alemán y tanto en Jena como en Leipzig la vida cultural y artística era bullente. Dentro de este ambiente conoció al erudito Friedrich Schlegel con quien cultivaría una gran amistad y mediante este, tuvo su primer acercamiento a la obra del filosofo Fichte, padre del idealismo alemán. Las influencias de estas amistades, su formación pietista y la atmósfera utópica de las primeras manifestaciones del romanticismo comenzaron a perfilar su obra. No obstante, un hecho crucial terminó por marcar el rumbo de su pensamiento y su creación literaria. En 1794 conoce a Sophie von Kühn, una niña de 13 años de que la se enamora perdidamente. Considerando el espíritu arrebatado y soñador de Novalis, Sophie, podría haber sido una de tantas amadas idealizadas de la que tal vez se hubiera hartado después de un tiempo al sentir la disyuntiva entre su idealización y el mundo concreto. Un típico rasgo romántico. Sin embargo, a los dos años de formada la relación Sophie muere victima del mismo mal que asoló a su familia: la tuberculosis. Lo que provocó que para Novalis- devastado por el dolor de la pérdida de su amada – Sophie adoptara un carácter mítico que abrió una herida dentro de su alma que lo llevó a una apertura de su percepción hacia una nueva dimensión mística que daría origen a una de las más hermosas y conmovedoras obras del romanticismo alemán, los Himnos a la Noche.

Esta obra comienza con una exaltación al mundo de la luz, al mundo diurno: “ ¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama, por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la luz; con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia, cuando ella es el alba que despunta?” Para luego en contraposición comenzar su alabanza al mundo nocturno, a sumergirse en la noche plena de misterio que embriaga al poeta: “Pero me vuelvo hacia el valle, a la sacra, indecible, misteriosa noche.” Así es como parte este peregrinar espiritual entre los infinitos secretos de la noche para acceder a una dimensión más profunda y trascendente que la que nos puede proporcionar el día. Transportado por el amor de su amada, el cantor de los Himnos, puede desentrañar los misterios de la noche - madre universal que cobija al poeta y le abre las puertas al Absoluto.
“…Entre la maraña de sus rizos, reconozco la dulce juventud de la madre. ¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la luz! ¡Qué alegre y bendita la despedida del día! Porque la luz, si bien el poeta reconoce sus bellezas, no la siente parte suya, se siente un extranjero. Los esfuerzos, trabajos y miserias del día son insignificantes comparado con el enigma de la noche. El día es limitación; la noche eternidad.
Con estos conceptos divergentes de luz y penumbra, de día y noche que utiliza Novalis podemos también pensar en el antagonismo entre el pensamiento racional y pragmático y el pensamiento mágico, el flujo del inconsciente, de lo irracional que proponía el romanticismo.

“Todavía despiertas, viva luz, al cansado y le llamas al trabajo. Me infundes alegre vida, pero tu seducción no es capaz de sacarme del musgoso monumento del recuerdo. Con placer moveré mis manos laboriosas; miraré a todas partes adonde tú me llames; glorificaré la gran magnificencia de tu brillo; iré en pos, incansable, del hermoso entramado de tus obras de arte; contemplaré la sabía andadura de tu inmenso y reluciente reloj (…) Pero mi corazón en secreto, permanece fiel a la Noche, y fiel a su hijo, el Amor creador”. Aquí se nos presenta una visión bastante peculiar de lo que es la religiosidad para Novalis y que, tal vez, podemos relacionarlo con su formación pietista como lo mencioné anteriormente, en el sentido de valorar la experiencia religiosa subjetiva, ya que “personaliza” la historia que nos ofrece el cristianismo mediante símbolos representativos como lo son la noche – madre – Virgen María y su hijo, el Amor creador que no es otro que Cristo a quien nos lo presenta con un interesante singularidad: como un cantor, un trovador, el más grande poeta que cantó a los hombres los misterios del mundo nocturno y el advenimiento de los dioses dormidos en los corazones de los hombres.

“De costas lejanas, bajo el cielo sereno y alegre de Héllade nacido, llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón entero al niño del milagro: (…) Lleno de alegría, partió el cantor a Indostán; ebrio su corazón de dulce amor; y esparció la noticia con ardientes canciones bajo aquel dulce cielo, y miles de corazones se inclinaron ante él, y alegre el mensaje en mil ramas creció”.

Los Himnos convergen desde la subjetividad del poeta hacia una nueva perspectiva del mito judeocristiano y un celebración y un anhelo de la edad de oro – de la que también hace alusión en su Enrique de Ofterdingen y la búsqueda por la flor azul símbolo de poesía y vida armónica - donde el hombre era una parte integral del universo – como en el panteísmo - comprendiendo el lenguaje de los ríos, de los animales, de las flores; donde el hombre cohabitaba con los dioses. Los himnos culminan precisamente sumidos en esta nostalgia por el mundo que cantan y añoran.


Loada sea la noche eterna;
sea loado el Sueño sin fin.
El día, con su sol, nos calentó,
una larga aflicción nos marchitó.
Dejó de atraernos lo lejano,
queremos ir a la casa del Padre.

¿Qué haremos, pues, en este mundo,
llenos de amor y fidelidad?
El hombre abandonó todo lo viejo;
ahora va a estar solo y afligido.
Quien amó con piedad el mundo pasado
no sabrá ya qué hacer con este mundo.


Es de la luz, desde su transito doloroso es que los peregrinos hijos de la noche, los amantes, llegan hacia la “Reina del mundo, a la gran anunciadora de universos sagrados, a la tuteladora del amor dichoso” que, terminada la travesía, los ampara en las infinitas estancias del Padre.
Y quien guía en este camino hacia la noche a Novalis es Sophie, transfigurada por la muerte, revestida de eternidad.

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Namarië

El lamento de Galadriel en Lorien



Ai! Laurië lantar lassi súrinen
yéni únótimë ve rámar aldaron!
yéni ve lintë yuldar avánier
mi oromardi lissë-miruvóreva
Andúnë pella, Vardo tellumar
nu luini yassen tintilar i eleni
ómaryo airetári-lírinen.

Sí man i yulma nin enquantuva?
An sí Tintallë Varda Oiolossëo
ve fanyar máryat Elentári ortanë
ar ilyë tier undulávë lumbulë
ar sindanóriello caita mornië
i falmalinnar imbë met,
ar hísië untúpa Calaciryo míri oialë.
Sí vanwa ná, Rómello vanwa,
Valimar!
Namárië! Nai hiruvalyë Valimar!
Nai elyë hiruva! Namárië!



Traducción:

¡Ah! ¡Como el oro caen las hojas en el viento,
e innumerables como las alas de los árboles son los años!
los años han pasado como sorbos rápidos
de dulce hidromiel en las altas salas
de más allá del Oeste, bajo las bóvedas azules de Varda
donde las estrellas tiemblan
en la voz de su canción sagrada y real.

¿Quién me llenará ahora de nuevo la copa?

Pues ahora la Iluminadora, Varda, la Reina de las Estrellas,
desde el Monte Siempre Blanco ha elevado sus manos como nubes
y todos los caminos se han ahogado en sombras
y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende
sobre las olas espumosas entre nosotros,
y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.

Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar!

¡Quizá tú la encuentres! ¡Adiós!

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"Entonces todo recuerdo de su pasado dolor lo abandonó, y cayó en un encantamiento; porque Lúthien era la más hermosa hija de todos los hijos de Ilúvatar. Llevaba un vestido azul como el cielo sin nubes, pero sus ojos eran grises como la noche iluminada de estrellas; estaba el mando bordado con flores de oro, pero sus cabellos eran oscuros como las sombras el crepúsculo. Como la luz sobre las hojas de los árboles, como la voz de las aguas claras, como las estrellas sobre la niebla del mundo, así eran la gloria y la belleza de Lúthien.
Pero ella desapareció de súbito; y él se quedó sin voz, como presa de un hechizo, y durante mucho tiempo erró por los bosques, impetuoso y precavido como las bestias, buscándola. La llamó en su corazón Tinúviel, que significa ruiseñor, hija del crepúsculo, en lengua de los Elfos Grises, pues no conocía otro nombre para ella. Y la vio a lo lejos como las hojas en los vientos de otoño, y en invierno como una estrella sobre una colina, pero una cadena le aprisionaba los miembros.
En la víspera de la primavera, poco antes del alba, Lúthien bailó en una colina verde; y de pronto se puso a cantar. Era un canto vehemente que traspasaba el corazón como el canto de la alondra que se alza desde los portones de la noche y se vierte en estrellas agonizantes, cuando el sol asoma tras las murallas del mundo; y el canto de Lúthien aflojó las ataduras del invierno, y las aguas congeladas hablaron, y las flores brotaron desde la tierra fría por la que ella había pasado.
En ese momento el hechizo de silencio cesó de repente, y Beren la llamó, gritando Tinúviel; y los bosques le devolvieron el eco del nombre. Entonces ella se detuvo maravillada y no huyó más, y Beren se le aproximó. Pero cuando Tinúviel lo miró, la mano del destino cayó sobre ella, y lo amó; no obstante, se deslizó de entre los brazos de Beren y desapareció en el momento que rompía el día. Entonces Beren cayó desmayado en tierra como quien ha sido herido a la vez por el dolor y la felicidad, y se hundió en el sueño como en un abismo de sombra; y al despertar estaba frío como la piedra, y sentía el corazón árido y desamparado. Y con la mente errante andaba a tientas como quien ha sido atacado de súbita ceguera Y trata de atrapar con las manos la luz desvanecida. Y así empezó a pagar el precio de la angustia, por el destino que le había sido impuesto; y en este destino estaba atrapada Lúthien, y siendo inmortal compartió la mortalidad con Beren; y ninguna Eldalië había conocido angustia mayor."


De Beren y Lúthien. J.R.R TolkienJustificar a ambos lados

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Yasunari Kawabata

La escritura de Kawabata me da la sensación de la vaguedad de un ensueño donde se vislumbra confusa la muerte y lo eterno, la soledad y un amor que se insinúa pero que de pronto se torna en un imposible. Donde la mujer es, precisamente, el símbolo de esa imposibilidad. El eterno femenino que el hombre anhela pero a la vez es parte de él mismo; que lo eleva y lo destruye. Un asunto muy presente en toda la obra de Kawabata donde siempre hay un fin abrupto que nos impide aprehender el misterio parece desplegar un juego de furtivas revelaciones para culminar en una desconcertante incertidumbre. Así nos encontramos con La casa de las bellas durmientes su obra más significativa en la cual unos ancianos pagan por dormir al lado de hermosas muchachas vírgenes sumidas en un profundo sueño inducido por narcóticos a las cuales por ningún motivo deben despertar ni tocarlas. Lo que resulta todo un símbolo de la distancia insalvable entre la vejez, la vida en su ocaso y la belleza en su estado puro e inmaculado. Una cruel divergencia que en esta obra nos ofrece su más hermoso misterio. Otro ejemplo lo encontramos en El país de nieve donde Shimamura es incapaz de reconocer su amor hacia la joven geisha Komako prefiriendo mantener una relación con distancias y cortesías que no lo comprometan – ¿tal vez el miedo recóndito del hombre frente al enigma femenino? – por lo cual va y viene desde Tokio a las termas mientras un tercer personaje Yoko, comienza lentamente a enlazarse sigilosa, silenciosamente en la trama hasta ser finalmente ella el epilogo trágico de la historia al ser la única que cede en ese juego de sentimientos velados y postergaciones.

Tal vez como occidentales quedemos aún más distantes y ajenos de una posible comprensión de la belleza de la obra de Kawabata por la limitación que nos produce la lengua, pues, las traducciones por muy buenas que sean sólo pueden dar una idea, nos acercan pero quedamos aún lejos del goce pleno de una lengua plena de misterio.

En Kawabata podemos encontrar retazos de las viejas tradiciones literarias japonesas como del Relato de Genji de Murasaki Shikibu así como de occidente podemos hallar un claro influjo de Proust. Y tal vez en esa conjunción estilística, en esa simbiosis cultural dentro de una exquisita sensibilidad arrebatada por los instantes de belleza trazados magistralmente en su escritura y que, como su propia vida son una tenue vibración que finalmente cede al silencio.


"La cercanía física que experimentaba era absoluta. La angosta nariz, que hasta entonces le era más bien insignificante, parecía vitalizada por el saludable rubor de las mejillas. La suavidad danzante de los labios no perdía plenitud cuando se estiraban en un falsete ni cuando se contraían como un capullo. Su encanto reproducía el embrujo que generaba todo su cuerpo. Los ojos, brillosos y húmedos, la aniñaban. La ausencia de maquillaje daba a su piel el tono traslúcido de una cebolla recién pelada, o más bien de un pimpollo de lirio, apenas coloreado en su limpidez. Su espalda erguida le daba un aire de recato tersamente virginal".



De País de nieve.

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V


Siquiera hasta mañana tus perfumes,
cautivos sus trazos, el cielo. Devota,
los perfumes umbrosos descienden
en el jardín las verjas, las surcan.
En su trance olvida sin olvidar las grutas,
tulipanes y moscas y ángeles. Casta
sortija de estas lujurias. Reyerta de nubes
duermen su ocaso en el rodondedro.

Lejos, han partido tus rumores.
Grumos de sueño. En las humaredas:
hostigados cielos, no tenemos alas.

Anhelados y se rendidos, caímos.
Abjuras de mis rebeliones, amas.
Aunque hosco mis cortezas…
aunque espese mis frondas…
y ría
y deshoje
mis muertes.

Frágil, te digo mi sangre.
Lejana, lejana tu epifanía.




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Los pasos, leves y sonoros, en la semipenumbra despertaron la casa. La luz verdosa del amanecer iluminaba las paredes desnudas y los muebles polvorientos donde se atiborraban una serie de objetos herrumbrados y de una rara fastuosidad.
Ningún sonido interrumpía la quietud de la casa sino los pasos acompasados como la cadencia de una música que parecía gravitar la casa en un recuerdo distante.

En una habitación dormía un hombre, maliciento y derrotado. Sumido en la encrucijada del sueño y la vigilia, parecía cavilar.
Los pasos a veces entraban suaves y terribles en la habitación donde yacía para naufragarlo en la incierta ausencia que negaba el espejo y los pasos.

Recordaba cuando la vio venir una medianoche bajo el diáfano candor de la luna llena como un manto de cal sobre los campos de trigo.
Durante años nada parecía presagiarla, pero de algún modo la sentía en las ceremonias de los pastores en los postreros fragores del verano y una vez que arribó en la casa, su presencia debía ser definitiva e irrevocable. Por lo cual, la tibia ausencia en la cama no podía ser el despojo de un cuerpo ni una despedida.

A veces casi dormido creía verla a su lado; a veces los pasos parecían llegar a los pies de su cama y allí estaba ella. O más bien casi ella, el opaco reflejo de su cuerpo en el espejo bruñido por los tonos pálidos del amanecer.
Entonces parecía retornar algo como la esperanza o la abominable incertidumbre del tacto imposible.
Pero la fuga de ella se esbozada en los pliegues de las sábanas donde parecía a ratos vislumbrarse tibiamente. Entonces el hombre recostado en la cama sonreía con amargura a los vestigios de una belleza desdibujada que inútilmente buscaba en el ahora restallante sonido de los pasos que la anunciaban en el abandono de la casa.
Una brisa o un respirar parecía surcarle el rostro estremeciéndolo, y el breve espacio de su boca se abrió para pronunciar un nombre, mientras los pasos en movimientos lentos concluyeron en la imagen de ella borroneada frente a la cama y el hombre vanamente se buscaba en el espejo.

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III

El rey a carcajadas. Un instante
sollozaron las hespérides por su vergel.
Los matorrales, el vesperal
no contenía su belleza. La música
peregrina, en su silencio de pronto
sucumbió el vergel, pero el rey reía.

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